miércoles, 3 de junio de 2009

Coatepec, Veracruz

Por la noche, salí a caminar. La vida en los pueblos es lenta, descansada, casi gratuita (igual que en los cafés). Dos mujeres, mayores, caminaban del brazo por una callejuela. Se respira un aire de absoluta tranquilidad. Dudo que pase mucho por aquí.
La plaza principal, donde está el quisco, está repleto de árbolitos frondosos. Hay mucho movimieno en una plaza tan pequeño.
De noche, iluminan de manera hermosa los campanarios de las iglesias. Unas iglesias pequeñas, de colores pasteles.
Voy a la iglesia a prometer. A prometerle a Dios o a prometerme a mí mismo. No lo sé. Voy a prometer una vida más disciplinada, más frugal (sólo con una vida con algunos toques de ascetismo se puede alcanzar una mayor espiritualiad), con una mejor actitud.
Ha dado un nuevo giro la novela "El hijo".
Empecé, otra vez, como por décima ves, la novela sobre mis vivencias con el trastorno bipolar. Me ha gustado más este comienzo. Necesito ser más disciplinado con mi literatura y con el trabajo.
Entré a una casona. Vendían canarios. Una casona antigua, con paredes rojas. El dueño de los canarios me explicó que se puede diferenciar a las hembras de los machos, por la intensidad de su color (los machitos tienen más intensidad en el color de sus plumas), en el canto, y en el vientre (las hembras lo tienen más hinchado cuando están en celo). La cabeza de las hembras es más pequeña. Hay canarios que asisten a concursos de canto. Pueden cantar más de un minuto, contra 15 segundos de un canario normal. Un canario de concurso llega a costar más de 200 dls.

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