Ayer fuí al centro. Calle, Donceles. Busqué dos libros largamente deseados. La lámpara Maravillosa, de Ramón del Valle Inclán, y Los alimentos terrestres, de André Gide.
Domingo de Petecontés.
Me interesa poco la religión en estos dias. La religión no sólo es El opio del pueblo, tambien es el opio de los aspirantes a felices.
Hoy es mi segundo día en equilibrio, después de un día de depresión. Mi medida del Seroquel: 100 mg. La temblorina del litio ha disminuído.
Leo en Los alimentos terrestres: No desees, Nathanael, encontrar a Dios en otra parte que en todas.Todas las criaturas indican a Dios, nunguna lo releva.
Continúo leyendo: El nacimiento, de Varálamov. La novela se desliza como un trineo. Me ayuda a escribir mi novela. Hasta ahora la he nombrado: El hijo, pero, seguramente, el nombre cambiará. Estoy atascado en el capítulo IV.
Ahora guardo para mí la única preocupación de mi espíritu, de mi carne (perderla). Ayer A. me dijo que B. les teme a las arañas y a los bichos. Dijo que intentará que no les tema más. Yo le aconsejé que lo dejara con sus miedos, hay arañas y bichos ponzoñosos y, por el momento, creo que es mejor que les tema y no se les acerque.
Hoy, 10:00 AM, Fondo de Cultura Económica, de La Condesa. Abrí un libro, sobre las atrocidades de las guerras contemporáneas. Leí que en la Guerra Civil Española, los republicanos y los comunistas, sacaban las tumbas de los párrocos y las dejaban, abiertas, en las calles, para espantar a los franquistas. Una práctica antigua. Había una fotografía: féretros abiertos, cuerpos corruptos. Gente de un pueblo, mirando; los hombres, boinas negras en las cabezas, cigarros en los labios. Me pareció abominable.
Compro: Llamadas de Ámsterdam, de Juan Villoro. Recuerdo haberlo escuchado hablar de esta novela breve, hace mucho tiempo, en una conferencia de Casa Regugio Citlaltépetl. Una historia de amor que ocurre en Avenida Ámsterdam. El antiguo hipódromo de La Condesa.
Entré a una sala de cine: Mr. Lonely. Sólo entré para ver la actuación del director Werner Herzog.
Por la tarde, duermo.
Hablo con A.
Intento escribir.
El cielo ha estado gris todo el día. Ha caído el letargo del domingo, todo el día en la ciudad. Normalmente, detesto los domingos. Este domingo en particular, me gusta. Me gusta cómo se desvanece en el tiempo. Cómo se diluye en el mutismo de la semana.